El cumplimiento laboral en México ya no puede limitarse a tener contratos, reglamentos y políticas formalmente correctos. Ante una inspección de la Secretaría del Trabajo o un juicio, la autoridad confronta los documentos con testimonios, registros electrónicos, correos y mensajes; la coherencia entre lo escrito y lo que ocurre en la operación cotidiana determina la solidez de la defensa.
¿Por qué los documentos ya no son suficientes?
Carlos Ferran Martínez Carrillo, socio director de Ferran Martínez Abogados, identifica una paradoja frecuente: organizaciones con expedientes aparentemente impecables que, al enfrentar una inspección, descubren que el cumplimiento formal no se traduce en una defensa efectiva. El derecho laboral, señala, no ocurre en los documentos; ocurre en la operación diaria.
Los ejemplos son concretos:
- Una empresa puede tener un contrato con jornada definida, pero premiar en la práctica a quienes permanecen conectados más horas.
- Un protocolo de riesgos psicosociales puede coexistir con una cultura donde cuestionar a un superior tiene consecuencias negativas.
- El teletrabajo y las herramientas digitales amplían la brecha entre lo que la empresa establece y lo que los colaboradores experimentan.
- El uso de inteligencia artificial en decisiones laborales añade una nueva dimensión: ¿quién toma realmente la decisión y quién puede explicar sus consecuencias?
¿Qué implica el nuevo paradigma de compliance laboral?
Ferran Martínez plantea que el compliance laboral efectivo requiere, además de documentación adecuada: capacitación de mandos medios, mecanismos de denuncia funcionales, controles internos y supervisión continua. El riesgo no es solo incumplir; también es creer que se cumple porque existe un documento que así lo dice.
El autor propone pasar de un modelo reactivo —revisar expedientes cuando llega la inspección— a uno preventivo: detectar contradicciones entre política y práctica antes de que surja el conflicto. Así, el cumplimiento laboral deja de ser un costo y se convierte en una herramienta de gestión del riesgo.
Con información de El Economista
